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La muerte de San José


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Poseemos un documento cuya antigüedad lo hace respetable. ¿Qué valor tiene desde el punto de vista histórico? Lo ignoramos. Queremos hablar de la Historia oriental, que cita en gran parte Isidoro en un libro dedicado al Papa Adriano VI.

Detalles respetables

Esta obra presta al Señor las palabras siguientes, que habría dirigido a sus discípulos, y que repetimos para la edificación de nuestros lectores: “José estaba ya avanzado en años, pero había conservado el uso de todas sus facultades. Su vista era perfecta, su inteligencia lúcida. Yo lo llamaba Padre, y él me llamaba Hijo. Lo obedecía en todo lo que me mandaba y yo lo amaba como la niña de mis ojos.

Aproximándose sus últimos días, un ángel le anunció que no tardaría en pasar de este mundo a sus Padres. Entonces se dirigió a Jerusalén, entró en el Templo y oró largamente al Señor. Le suplicó que enviara a San Miguel, en la hora suprema para defenderlo de sus enemigos, y le pidió que su ángel guardián acompañara su alma a la salida de su cuerpo, para alejar de ella a los espíritus malvados. Volvió a Nazaret y fue afectado por una enfermedad, que no tardó en poner en peligro sus días. Como vi que se turbaba, fue a él y le dije. ¿Por qué te turbas, Padre mío, si estás bendecido por Dios y eres santo a sus ojos?”

“Hijo mío, respondió, el temor de la muerte me asediaba. Pero desde que escuché tu voz, se consoló mi alma, porque eres Jesús, mi Salvador, que me has liberado de mis fallas.

LA MUERTE DE SAN jOSÉ
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Acerca de la pregunta de la época en que murió san José, comparto enteramente el sentimiento de San Epifanio, de San Vicente de, de Gerson y de muchos otros escritores muy autorizados, que sostienen que el santo Patriarca no estaba ya en este mundo cuando Cristo comenzó a predicar.

Dicho de otra manera, habría asistido a los bodas de Canaá, y, si hubiese vivido, a la muerte del Redentor, sería encontrado al pie de la cruz con María la Madre de los dolores, y Jesús no la habría confiado a san Juan.

Se piensa generalmente que el santo dejó este mundo cuando Cristo hubo cumplido veintinueve años, poco antes que fuese bautizado por Juan Bautista. Esta opinión no parece carecer de probabilidad a quien considere que el oficio de José era satisfacer las necesidades de Jesús y María, en el estado de pobreza que se les había destinado en este mundo. Porque leemos que el Redentor, antes de su carrera pública, vivió en el silencio y la oración, separado del comercio de los hombres. ¿Esto no permite comprender que, para satisfacer a las relaciones con el exterior que exigía la profesión de carpintero, para buscar trabajo, comprar madera, vender los objetos fabricados y asegurar así a la Sagrada Familia los recursos materiales de existencia, Dios conservó a su cabeza a José hasta la época en que comenzaron las predicaciones de Jesús? A partir de ese omento, el Salvador, pudo satisfacer sus necesidades y las de su madre mediante las limosnas que se le ofrecían.

Los doctores valoran muchas razones para explicar que la muerte de san José haya estado tan próxima a la de nuestro Señor, y la haya precedido.

Primeramente, el tiempo que no manifestó su divinidad, el Salvador quiso disfrutar, aquí abajo, de la compañía del santo Patriarca y conservarle el honor de ejercer delante de él el oficio de un padre Por otro lado, decidió, por amor, retirarlo de este mundo para evitarle los dolores que le habrían causado las contradicciones de vida pública, y los tormentos de su Pasión.

En segundo lugar, Nuestro señor quiso que José muriese antes que Él para que fuese a consolar a las santas almas de los limbos y para alcanzarles las prendas que aseguraban su próxima liberación. Este acto de piedad filial que Jesucristo realizó con san José, no favoreció a su Madre, aunque la amaba mucho más.

Se esgrime esta razón, entre otras, porque las puertas del cielo no debían abrirse sino después de su Pasión del Salvador: no había hasta ese momento un lugar digno de recibir el alma de la Santísima Virgen.


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Visión de Sor Ana Catalina Emmerick. - Capítulo XCVI, Libro II

Cuando Jesús se acercaba a los treinta años, José se iba debilitando cada vez más, y vi a Jesús y a María muchas veces con él. María sentábase a menudo en el suelo, delante de su lecho, o en una tarima redonda baja, de tres pies, de la cual se servía en algunas ocasiones como de mesa. Los vi comer pocas veces: cuando traían una refección a José a su lecho era ésta de tres rebanadas blancas como de dos dedos de largo, cuadradas, puestas en un plato o bien pequeñas frutas en una taza. Le daban de beber en una especie de ánfora.

Cuando José murió, estaba María sentada a la cabecera de la cama y le tenía en brazos, mientras Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento lleno de resplandor y de ángeles. José, cruzadas las manos en el pecho, fue envuelto en lienzos blancos, colocado en un cajón estrecho y depositado en la hermosa caverna sepulcral que un buen hombre le había regalado. Fuera de Jesús y María, unas pocas personas acompañaron el ataúd, que vi, en cambio, entre resplandores y ángeles.

Hubo José de morir antes que Jesús pues no hubiera podido sufrir la crucifixión del Señor: era demasiado débil y amante. Padecimientos grandes fueron ya para él las persecuciones que entre los veinte y treinta años tuvo que soportar el Salvador, por toda suerte de maquinaciones de parte de los judíos, los cuales no lo podían sufrir: decían que el hijo del carpintero quería saberlo todo mejor y estaban llenos de envidia, porque impugnaba muchas veces la doctrina de los fariseos y tenía siempre en torno de sí a numerosos jóvenes que le seguían.

María sufrió infinitamente con estas persecuciones.

A mí siempre me parecieron mayores estas penas que los martirios efectivos. Indescriptible es el amor con que Jesús soportó en su juventud las persecuciones y los ardides de los judíos. Como iba con sus seguidores a la fiesta de Jerusalén, y solía pasear con ellos, los fariseos de Nazaret lo llamaban vagabundo. Muchos de estos seguidores de Cristo no perseveraban y le abandonaban.

Después de la muerte de José, se trasladaron Jesús y María a un pueblito de pocas casas entre Cafarnaúm y Betsaida, donde un hombre de nombre Leví, de Cafarnaúm, que amaba a la Sagrada Familia, le dio a Jesús una casita para habitar, situada en lugar apartado y rodeada de un estanque de agua. Vivían allí mismo algunos servidores de Leví para atender los quehaceres domésticos; la comida la traían de la casa de Leví.

Había entonces en torno del lago de Cafarnaúm una comarca muy fértil, con hermosos valles, y he visto que recogían allí varias cosechas al año: el aspecto era hermoso por el verdor, las flores y las frutas.
Fuente: Dos Corazones



De la muerte de San José
Bonifacio Llamaera O.P.
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No consta históricamente ni el momento ni las circunstancias de su muerte, pues la Escritura lo calla y falta una tradición cierta sobre el suceso. Verdad es que los apócrifos lo calla y falta una tradición cierta sobre el suceso. Verdad es que los apócrifos la describen, pero de ellos nada cierto puede decirse. Por eso dice Cartagena: “Del tiempo que José vició con nosotros y de la duración de su vida nada nos consta ni por evangelio o concilio, ni por decreto de la Iglesia o tradición, ni por el consentimiento unánime de los Santos Padres; expondremos las diversas sentencias tenidas por los Doctores, y elegiremos aquella que nos parezca más razonable y prudente y conforme al Evangelio.

Las principales opiniones que enumera son las siguientes:

1) San Epifanio piensa que José abandonó esta vida poco después haber cumplido Cristo los doce años.
2) Otros afirman que José murió en el tiempo de la predicación del Salvador y que siguió a Cristo como uno de sus discípulos.
3) Otros, en cambio, opinan que sobrevivió a la pasión de Cristo y que con ecuanimidad de ánimo sufrió el ser pospuesto a San Juan cuando a éste le encomendó Cristo en la cruz el cuidado de su Madre.
4) Y, por fin, algunos enseñan más acertadamente que el santo Patriarca se durmió en el Señor antes de empezar Cristo su ministerio público, poco antes o después del bautismo; con toda certeza antes de las bodas de Caná, y por consiguiente, antes de la Pasión del Señor.

Por el Evangelio de San Lucas (2, 40-52) se sabe cierto que José vivió hasta el año doce de Cristo, en el cual según refiere el evangelista, perdió al Niño y después de tres días le encontró en el templo sentado entre los doctores de la Ley.

Por otra parte, sabemos, como bien advierte Billot, que la misión de San José consistió en ser como un velo que ocultase con decoro a Cristo, “y que porque sólo durante un cierto tiempo convenía que Cristo estuviese oculto, por eso antes de que la palabra de Dios descendiese sobre Juan hijo de Zacarías, en el desierto, fue llevado de entre los vivos, para que, oportunamente descubierto el velo, poco a poco se acostumbrasen los hombres a pensar que Cristo no tuvo padre según la carne” .

Esta sentencia, aunque no se lea expresamente en el texto sagrado, se colige, sin embargo, indirectamente del mismo Evangelio; pues, en primer lugar, cuando Cristo con su Madre y sus discípulos, fue invitado a las bodas de Caná, ninguna mención se hace de José; lo que no creemos hubiese sucedido si nuestro Santo aún viviese en la tierra; segundo: ese mismo silencio se encuentra en todo el decurso d ela predicación de Jesucristo; tercero: se ha de tener en cuenta, sobre todo, que predicando Cristo una vez es avisado: “Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte” (Mt. 12, 47), sin que se haga mención alguna se San José; cuarto: sin duda alguna murió antes de la pasión del Señor, pues de lo contrario se hubiese encontrado al pie de la Cruz y no hubiese sido encomendada la Virgen a ningún otro, con exclusión de su legítimo esposo, tan querido de Dios, a no ser que le finjamos anciano decrépito, inútil para todo ministerio y cuidado…, sin que se encuentre fundamento alguno para probarlo, como observan razonablemente San Bernardino de Sena, Cartagena y casi todos los autores.

En la muerte de San José hay dos circunstancias muy dignas de notarse. La primera es recogida así por San Bernardino: Piadosamente ha de creerse, por tanto, que en su muerte tuvo presentes a Jesucristo y a la Santísima Virgen, su esposa. Cuántas exhortaciones, consuelos, promesas, iluminaciones, inflamaciones y revelaciones de los bienes eternos recibiría en su tránsito de su Santísima Esposa y del dulcísimo Hijo de Dios, Jesús, lo dejó a la contemplación y consideración de la mente devota”.

La segunda consideración es que San José, como muriese antes de la Pasión de Cristo, debió descender al seno de Abrahán con los demás justos del Antiguo Testamento, pues – como dice Santo Tomás – la culpa estaba expiada en cuanto era mancha de la persona, quedaba, sin embargo, impedimento por parte de la naturaleza, por la cual aún no se había satisfecho plenamente”. Y también las almas de los santos no tuvieron después de la muerte no tuvieron todo el tiempo un mismo descanso. Porque después de la venida de Cristo tienen el descanso pleno, gozando de la visión divina.

Más antes de la venida de Cristo, tenían ciertamente el descanso por la inmunidad de la pena, pero no tenían el descanso del deseo por la consecución del fin. Y por eso el estado de los santos antes de la venida de Cristo puede considerarse en cuanto tenía de descanso, y así se dice seno de Abrahán; o pueden también considerarse en lo que les faltaba de descanso, y así se dice limbo del infierno”.
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