San José y el trabajo y el Papado




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San José y el trabajo
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Vayamos en espíritu a Nazaret. Entremos con respeto a la casita de José, vecina a su humilde taller, al final de un modesto patio. Son las seis de la mañana. Besemos las huellas de los tres augustos personajes que viven bajo este techo. Después de una mirada de veneración dirigida sobre la Virgen silenciosa, que prepara el pobre alimento de la familia. Vayamos al tenderete donde suena el ruido del martillo y de la sierra. La vida de José es una vida de trabajo. Se acuerda a menudo de la sentencia dirigida contra Adán. Comerás el pan con el sudor de tu frente.

¿A qué labor se consagra, no ocho horas, sino las quince horas de su jornada? No es una labor intelectual. No es un artista, ni tampoco un artesano de lujo, sino un obrero de ciudad, un vulgar carpintero. Y ese será la ocupación de toda su vida. Y Yo, ¿no he encontrado algunas necesidades indignas de mis talentos? ¿No me han parecido demasiado prolongadas?

¿Cómo trabaja? ¿Se le puede imaginar disgustado por la bajeza de su labor, entregándose a ella de mala gana, desdeñando su trabajo, interrumpiendo, para holgazanear, la fabricación de una silla, entregándola como saliere, más tarde que pronto?

¡Por el contrario, qué esfuerzos! ¡Qué ardor sostenido! ¡Qué cuidadosa atención! ¡Qué probidad! ¡Qué aplicación escrupulosa de buen experto, para que el cliente no termine frustrado!

¿No es de esta manera que nos lo debemos representar? Sí, es con toda su alma que se aplica en cepillar una puerta, en mantener recto el curso de su sierra y a introducir un clavo. ¿Cómo dudar que las cosas pasaran así? Ahora bien ¿En qué nos apoyamos para decir que trabajaba con tanta perfección? En que fue guiado sin tregua por el espíritu de fe. Es excelente carpintero, porque su profesión es, para él, voluntad de Dios. Si hubiese recibido de lo Alto campos pata cultivar o rebaños que conducir, habría sido, igualmente, buen labriego y buen pastor.

Lo que es importante no es lo que él hace, sino la voluntad de Dios que es todo. Su oficio es en sí cosa indiferente; pero la voluntad de Dios la hace más preciosa que cualquier otra. José es el modelo de la indiferencia en la elección de su labor. ¿Por qué? Porque es el modelo de la abnegación.

Sin duda alguna tuvo sus preferencias. Pero éstas no cuentan delante de la voluntad de Dios. No busca para sí mismo; desdeña su placer. ¿Por qué? Porque una preferencia domina y absorbe sus gustos todas sus repugnancias; la de la voluntad de Dios. He ahí el secreto de la exactitud de sus cuidados, de la constancia en el esfuerzo inmutable, de su pureza de intención.

¿Es insensible a la alegría de tener éxito en lo que toca a la ambición de ser buen carpintero? No, lo repetimos. En él encontramos todos los sentimientos legítimos. Por tanto, disfruta la satisfacción humana que causa una tarea bien hecha. Pero, para él, este regocijo no es sino accesorio; se pierde en el placer de hacer la voluntad de Dios.

¿Y yo, trabajo con esta aplicación escrupulosa? Y si lo hago, ¿es con espíritu de fe? ¿Veo mi trabajo como la voluntad de Dios? ¿Busco sólo mis gustos en el cumplimiento de mis obligaciones profesionales? ¡Santo obrero, santifica mi trabajo! ¡Que como tú, no me busque a mi mismo, y que no vea sino la voluntad de Dios!

Reflexiono y comprendo cuán poderosos estímulos agitaban el corazón de San José: Jesús trabajaba con él. Cuando fue lo suficientemente grande para dejar de ayudar a su madre en los cuidados de la casa, para dejar de sostener con sus débiles manos la madeja que aquella dividía, o hacer en Nazaret las comisiones que ella le confiaba, se convirtió en el aprendiz de José. ¿Lo vemos ordenar las herramientas, bajo el ojo de José que tiembla por que no se hiera? Más adelante intenta usarlas.

Un día coge la sierra por vez primera, y José mismo dirige el movimiento de su brazo. Más adelante, todavía, se convirtió en compañero. Finalmente se hizo maestro, el día en que respetuoso y tierno le dijo a su padre: “Hace mucho que te fatigas, mi buen padre: en adelante yo continuaré tu obra y tu descansarás”. Desde entonces, la clientela conoció al carpintero Jesús, Hijo y sucesor del carpintero José.

¡Qué modelo! ¿No bastaba una mirada de José sobre su divino Hijo para tomar coraje y recuperar las energías? ¿Y yo, huiré del trabajo? ¿Encontraré ciertas labores por debajo de mis talentos? ¿Me quejaré por estar dedicado demasiado tiempo en la misma obra? ¿Trabajaré con indolencia? ¿Me detendré a holgazanear? ¿Haré mi trabajo, a la diabla, sin seriedad, sin atención, sin probidad?

Dejémonos emocionar por el ejemplo del augusto maestro y del divino aprendiz, completamente ocupados en cumplir la voluntad del Padre de los Cielos. Nuestras preferencias y nuestros gustos no deben contar para nada frente a esas dos abnegaciones tan impresionantes. José imitó a Jesús, que jamás buscó su propio placer. Imitemos a José, cuyo alimento fue hacer, en todo, la divina voluntad.

Dedicado a la memoria de
Augusto Card. Vargas Alzamora

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San José y el papado
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En 1899, León XIII estima que la Iglesia atraviesa tiempos calamitosos. El 15 de agosto, en la fiesta de la Asunción, firma una nueva encíclica, a favor de la devoción al Rosario, de la que se hace ferviente propagador. Tuvo por nombre. Largos desarrollos sobre el poder de San José ocupan la mayor parte del documento pontificio. León XIII muestra, especialmente, cómo José es el modelo de los padres de familia y de los trabajadores decide que durante el mes de octubre, a los ejercicios del Rosario sería agregada una oración a San José, que promulga la encíclica [Quamquam pluries]
Pío XII

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