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Meditación 10-San José modelo de obediencia.

Día 10º- Hombre de la docilidad.
¡Qué hermosa fue tu docilidad, oh querido santo, en actitud de constante atención a las Sagrada Escritura y a la voluntad de Dios!
Aleja de mí, oh san José, la presunción, el apego tonto a mis opiniones, la obstinación de seguir sólo mis ideas


A SAN JOSÉ OBRERO

Nos dirigimos a ti, Oh bendito San José, nuestro protector en la tierra, como quien conoce el valor del trabajo y la respuesta a nuestro llamado. A través de tu Santa Esposa, la Inmaculada Virgen Madre de Dios, y sabiendo el amor paternal que tuviste a nuestro Señor Jesús, te pedimos nos asistas en nuestras necesidades y fortalezcas en nuestros trabajos.

Por la promesa de realizar dignamente nuestras tareas diarias, líbranos de caer en el pecado, de la avaricia, de un corazón corrupto. Se tú el solícito guardián de nuestro trabajo, nuestro defensor y fortaleza contra la injusticia y el error.

Seguimos tu ejemplo y buscamos tu auxilio. Socórrenos en todos nuestros esfuerzos, para así poder obtener contigo el descanso eterno en el Cielo. Amén.


La obediencia es más agradable a Dios que el sacrificio.
I Reyes, XV, 22.

La obediencia, virtud por la cual nosotros hacemos a Dios el sacrificio consciente y libre de nuestra voluntad, es la más excelente de todas las virtudes, porque encierra en sí el mérito de todas, y sólo ella puede darles valor. La obediencia —dice San Gregorio— nos obtiene las demás virtudes, y es su fiel guardián. En efecto, nada más santo que los principios sobre los cuales se asienta, por cuanto es el acto de confianza más excelente y el acto de caridad más perfecto. Acto el más heroico, porque para obedecer como cristiano, debo creer que la autoridad de Dios reside en mis superiores, independientemente de su debilidad, de las contradicciones de mi espíritu y de las repugnancias de mi corazón; acto de confianza el más excelente, porque espero que Dios, movido por mi obediencia, inspirará a mis superiores lo que más me convenga, y no permitirá que yo me pierda en el ejercicio, lugar o empleo a que ellos me destinen; acto de caridad el más perfecto, porque es el mayor sacrificio que yo pueda hacer a Dios, cual es el de mi libertad y de mi voluntad: Qui habet mandata mea et servat ea,Ille est qui diligit me.

Si esta virtud es más grata a Dios que el sacrificio más excelente de todos los actos de la religión, lo es —dice San Gregorio —porque en los demás sacrificios la víctima es otra; en este de la obediencia, es lo mejor de nosotros mismos lo que inmolamos a DiosLa obediencia nos une tan íntimamente a Dios — afirma Santo Tomás—, que en cierto modo nos trasforma en El, por cuanto no tenemos más voluntad que la suya.

Por último, la oración misma no podrá ser grata a Dios, sin la obediencia: Qui declinat aures suas ne audiat legem, oratio ejus est exsecrabilis.

Toda la santidad del esposo de María tuvo por base la obediencia, y su vida no fue, por así decirlo, sino una práctica perpetua de esta virtud. Desde su más tierna edad, obedecía con religiosa exactitud todos los mandamientos de la ley de Dios. Obedeció sin murmurar el decreto de un emperador idólatra, que le obligaba a trasladarse a Belén en medio del rigor del invierno, con grave molestia para María. Pero es especialmente en la huida a Egipto cuando San José nos ofrece el ejemplo de la obediencia más heroica y perfecta. Apenas había llegado a Nazaret, cuando el ángel se le aparece en sueños, y le dice: «Levántate, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y no te muevas de allí hasta nuevo aviso, pues Herodes busca al Niño para hacerle morir». José se levanta, y en la misma noche toma al Niño y a su Madre, y va a Egipto, donde permanece hasta la muerte de Herodes. Superior a toda debilidad y a toda delicadeza humanas, José dio al mundo, en esta circunstancia, el ejemplo de una virtud verdaderamente celestial. En efecto, los ángeles obedecen a Dios con prontitud y reverencia, y José procedió como los ángeles: recibe la orden, se levanta y parte de noche. ¡Qué gozo para el mensajero celestial que pudo contemplar semejante prodigio!.. . Para obligar a Lot a salir de Sodoma, los ángeles debieron hacerle violencia, tomarlo de la mano y ponerlo a pesar suyo fuera de la ciudad, que estaba a punto de ser incendiada. Y a José sólo le basta una palabra, para salir de su patria; ni siquiera difiere la salida hasta el día siguiente: no consulta, calla y obedece.

«He aquí —dice San Bernardo— cómo aquel que es obediente, a imitación de San José, llena fielmente la voluntad de su superior apenas la conoce, sin esperar a más tarde; tiene siempre el oído atento a las órdenes, sus pies prontos, sus manos dispuestas a hacer cuanto se le dice; y lo hace con tanta prontitud, que se diría que con sus acciones previene los mandatos que se le han de dar. La obediencia que se obtiene luego de una primera orden, es sutil y delicada pero hay motivo para sospechar que sea una obediencia afectada la que sólo se consigue a fuerza de raciocinios persuasivos.
La obediencia de San José es una obediencia ciega. ¡Cuántos pretextos podía haber opuesto nuestro Santo Patriarca, a las órdenes de Dios!… Y así lo habríamos hecho nosotros, pretendiendo penetrar con la luz de nuestra humana razón los caminos inescrutables de Dios. José no le dice al ángel: «Vuestras palabras están llenas de una extraña contradicción: no hace mucho me decíais que este Niño libraría al pueblo de Israel, y he aquí que, con todo su pretendido poder, es tan débil, que se ve obligado a huir con toda presteza a un país extraño, si quiere salvar su vida. Esto no está de acuerdo con vuestras magníficas promesas. Y por otra parte, ¿no tiene Dios en sus manos el corazón de los reyes, a quienes puede confundir y mudar a su placer? ¿No merecería Herodes, que es culpable de tantos delitos, la muerte que quiere dar a este inocente?…» Así se expresa la razón, que juzga las obras de Dios con miras al amor propio, y cree formular proyectos más hermosos que los de la Divina Providencia.

José, iluminado con las más puras luces de la fe, sabe que la obediencia pierde todo su mérito y su carácter divino, cuando sólo se apoya en raciocinios humanos; fidelísimo en sofocar los secretos gemidos del alma, no opone ningún pretexto a la voluntad de Dios, ni expone motivos para resistir o diferir su cumplimiento; no alega ni la delicadeza de la Madre, ni la debilidad del Niño, que aún está en la cuna, y es incapaz de resistir las fatigas de un viaje tan largo y penoso; ni siquiera se informa acerca de la duración del destierro, ni del tiempo que a Dios le placerá poner término a su prueba.

Y cuando, sin faltar a la obediencia, podría haberle hecho notar al ángel que ya que era menester huir, podía haber sido hacia el país de los magos, donde habría estado expuesto a menos peligros y hallado algún socorro; mientras que en Egipto, pueblo bárbaro, enemigo implacable de los israelitas, del que no conocía la lengua ni las costumbres; en Egipto le sería difícil hallar ayuda ni seguridad, y sería irremisiblemente víctima de la miseria y de la crueldad de sus enemigos. Pero nuestro Santo Patriarca, que ve al Hijo de Dios hecho Hombre sometido a la autoridad de un pobre carpintero, no sintió pena de obedecer a las órdenes de un ángel, y sin titubear un solo instante, sin hacer preparativos para viajar más cómodamente, se pone en marcha, dando al cielo y a la tierra el ejemplo de una obediencia más heroica que la de Abraham y la de Moisés; y eso, a pesar de que el ángel no le prometió, como a aquellos, que estaría con él y que lo protegería.

La fe de José no necesita sostén; penetra los velos que le ocultan a Dios en ese Niño que lleva sobre su pecho, y sintiéndose seguro bajo esta salvaguardia divina, sale esa misma noche, desafiando todos los peligros de tan largo viaje, todo el horror de los desiertos que habrá de cruzar, sin temores, ni por la debilidad del Niño, ni por la de la Madre.

«¡Oh, cuán admirable es esta perfecta obediencia de San José! —exclama San Francisco de Sales— Observad cómo en toda ocasión estuvo siempre perfectamente sometido al querer de la voluntad divina; cómo el ángel lo manda y lo vuelve a mandar: le dice que vaya a Egipto, y él va; le ordena que vuelva a Judea, y él regresa; Dios quiere que sea siempre pobre, y él se somete de buen grado». De manera que es José el hombre de la voluntad de Dios: en todas las cosas ve él su mano paternal, la adora, se somete; y esa perfecta obediencia le merece ser cooperador de la obra más grande de Dios: la de nuestra redención.

Aprendamos de la conducta de San José a conocer el valor de la obediencia, que cuando es pronta, es más grata a Dios que la sangre de las víctimas. El verdadero secreto de la paz del corazón es dejarse guiar: cuando se razona, se multiplican las dudas y las inquietudes; al que ama mucho, le basta conocer la voluntad de Dios, sin inquirir los motivos que la sugieren… El hombre obediente no debe dar cuenta de sus acciones; será justificado, aprobado, y recompensado más por su obediencia que por sus obras.
Pero para que la obediencia sea una virtud a los ojos de Dios, no basta hacer los actos exteriores que nos son mandados, sino que es necesario que la voluntad acepte las órdenes y se someta al yugo sin quejarse; y más aún, que someta su juicio sin discutir lo que le es ordenado. No haréis jamás de buen grado lo que condenaríais en vuestro corazón; y aun cuando lo aprobarais, si obráis por esta o por aquella razón, ya no será la directiva de vuestro superior la que seguís, sino la vuestra propia. Aun cuando Nuestro Señor Jesucristo era infalible e impecable, no opuso jamás su propio juicio, ni su propio pensamiento, ni su voluntad, en cuanto le mandaron José y María; obedeció a ambos ciegamente y con entera sumisión. Esta consideración desvanece y confunde todos los pretextos que nuestra imaginación puede formular para eximirse de la obediencia.

Que nuestra obediencia sea de ahora en adelante semejante a la de José. Obediencia de obras, pronta y a la letra; obediencia de espíritu, que no discute los motivos ni la naturaleza del mandato; obediencia de corazón, que se somete con amor a las órdenes de la divina voluntad.
La obediencia a quien nos dirige en el orden espiritual, tiene dos fines principales: o la dirección espiritual, o las acciones externas.

En lo que a estas respecta, si en lo que nos es mandado no hay pecado manifiesto, siempre es más perfecto el obedecer; lo que, por otra parte, es también un deber a que nos hemos obligado por voto.
En cuanto a la dirección de la conciencia, es evidente que, no pudiendo juzgarnos ni dirigirnos por nuestra cuenta, precisa que respecto a nuestro estado interior nos atengamos al juicio del guía que Dios nos ha dado. No le ocultemos nada, expongámosle con fidelidad todas las cosas; en consecuencia, sin titubeos ni dudas de ninguna especie, prestemos fe a cuanto nos diga, y hagamos fielmente cuanto nos prescriba. Haciéndolo así, nos preservaremos de las ilusiones, que serían inevitables procediendo de otro modo. La obediencia nos hará caminar con seguridad, sin temor a extravíos. Dios no permitirá que el director se equivoque, y El mismo se dignará suplir cuanto pudiera faltar a su ministro. En la obediencia hallaremos siempre la fuerza, el sostén y el consuelo: todas las gracias que Dios quiere otorgarnos, están unidas a esta virtud. Armémonos, pues, de valor para superar nuestras repugnancias e imponer silencio a nuestros juicios, y estemos en guardia contra las insidias del tentador, el cual sólo cantará victoria cuando logre quebrantar nuestra obediencia.

MAXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

La prudencia no es la virtud del que obedece, sino del que manda (San Ignacio).
La perfecta obediencia no consiste en obedecer por amor, sino en obedecer con amor (San Francisco de Sales).
Tiene más valor el levantar del suelo una paja por obediencia, que  el martirio-sufrido por propia voluntad (Santa Teresa)

AFECTOS

Bienaventurado San José, amable protector mío, hacedme entender hoy la necesidad y las ventajas de la obediencia ciega, de la que me habéis dado tan sublimes ejemplos. No permitáis que permanezca por más tiempo esclavo de mi propia voluntad, pues que esto me llevaría a la eterna condenación. Con vuestro auxilio y el de vuestra Santísima Esposa, tomo la firme resolución de tratar de adquirir esta obediencia, con la que venceré a todos los enemigos de mi alma y podré llegar al cielo, donde gozaré de la felicidad de veros y amaros eternamente en compañía de Jesús y de María. Así sea.

PRACTICA

Al hacer un viaje, encomendarse a San José.  

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