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Día 14 -San José en el interior de Nazaret


Día 14º- Hombre de la paz. Tú, oh san José, como padre has educado a Jesús adolescente hacia aquellos valores que luego Él predicó, proclamando felices a “los que trabajan por la paz”

Oh san José, ayúdame a promover la paz en mi propia familia y en el ambiente donde vivo y trabajo.




ORACIÓN POR DIVERSAS NECESIDADES

Santo Patriarca, dignísimo esposo de la Virgen María y Padre adoptivo de Nuestro Redentor Jesús, que por vuestras heroicas virtudes, dolores y gozos merecisteis tan singulares títulos; y por ellos, especialísimos privilegios para interceder por vuestros devotos;

os suplico, Santo mío, alcancéis la fragante pureza a los jóvenes y doncellas, castidad a los casados, continencia a los viudos, santidad y celo a los sacerdotes, paciencia a los confesores, obediencia a los religiosos, fortaleza a los perseguidos, discreción y consejo a los superiores, auxilios poderosos a los pecadores e infieles para que se conviertan, perseverancia a los penitentes,

y que todos logremos ser devotos de vuestra amada Esposa, Maria Santísima, para que por su intercesión y la vuestra podamos vencer a nuestros enemigos, por los méritos de Jesús,
y conseguir las gracias y favores que os hemos pedido para santificar nuestras almas hasta conseguir dichosa muerte, y gozar de Dios eternamente en el Cielo.
Amén

Interior de Nazaret
Donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí me hallo Yo en medio de ellos.
Mat. XVIII, 20.

Había en aquel tiempo célebres conquistadores, que llenaban el mundo con el estrépito de sus gestas. Se hablaba de sus proyectos, de sus empresas y de sus hechos heroicos; pero Dios, a quien le place humillar a los soberbios y exaltar a los humildes, no miraba a estos hábiles políticos, pues sus ojos estaban sobre Nazaret, ciudad tan despreciada, de la que se decía: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?…»

En lo alto de los cielos decía Dios a sus ángeles: Mirad a mi Hijo predilecto, en quien he puesto todas mis complacencias; mirad cómo obedece, se humilla, se anonada por mi gloria y por mi amor; mirad cómo María y José justifican la confianza que en ellos deposité, confiándole mi único Hijo: Deus humilla respicit, et alta a longe cognoscit.

Unámonos a los ángeles bajados del cielo, para contemplar el sublime espectáculo que ofrece el humilde retiro de Nazaret; entremos con respeto en aquella casa bendita entre todas las casas, y observemos cómo se gobierna la más santa de las familias que pueda existir sobre la tierra. Está compuesta por tres personas: el Hijo de Dios, la Madre de Dios y José, el casto esposo de una, y tenido por padre del otro. «Jesús, María y José nos representan —dice San Francisco de Sales— el misterio de la santa y adorabilísima Trinidad, no porque haya comparación posible, sino en lo que respecta a Nuestro Señor, pues María y José son criaturas; pero podemos decir que son una trinidad sobre la tierra que representan en cierto modo la Santísima Trinidad: Jesús, María y José, Trinidad maravillosamente digna de veneración y de honor. Jesús era como el vínculo que unía a estos dos esposos purísimos, que vivían tan estrecha e íntimamente unidos, que puede decirse de ellos lo que el Apóstol dice de la Trinidad del cielo: Estas tres personas no son más que una sola: Hi tres unum sunt.”

Su pobreza era grande; no tenían sino lo estrictamente necesario, que ganaban con el trabajo de sus manos, y aun cuando a veces llegaba a faltarles, estaban contentos y bendecían a Dios: Sufficiebat enim paupertas nostra.
Vivían en la oscuridad, ignorados por el mundo, y sin mostrar deseo alguno de hacerse conocer. En Nazaret nadie sabía ni quién era Jesús por su naturaleza divina, ni cuál era la dignidad de María, hecha Madre de Dios sin dejar de ser Virgen. Eran tenidos por piadosos israelitas y fieles observantes de la Ley, cuya conducta era de edificación para el prójimo; su piedad no tenía nada de extraordinario que la distinguiera de la común; su exterior no dejaba sospechar ni remotamente lo que eran en realidad; no dejaban trasparentar en nada el secreto de Dios, y más adelante veremos cómo los parientes más próximos ignoraban absolutamente el gran misterio del Verbo hecho carne. José y María esperaban que Dios mismo revelara la verdad, o que Jesús se mostrara al mundo.


La humilde casa de Nazaret era una imagen del cielo, por el orden, la calma y la regularidad que en ella reinaban: Sapientia aedificavit sibi domum.

¡Qué feliz y acertada distribución del tiempo y de los oficios! ¡Qué paz, qué recogimiento, qué armonía en aquella Sagrada Familia, qué sublimes ejemplos de todas las virtudes!…

La humildad les hace preferir a las obras brillantes de celo, la oscuridad, el retiro, una vida escondida en el taller de un pobre artesano. El desasimiento les hacía soportar las más penosas privaciones en la habitación, en el vestido, en los alimentos. En sus coloquios, en el trabajo, en los momentos de descanso, su alma estaba siempre elevada y unida a Dios.

¡Qué consuelo y qué dulzura siento, oh augusto jefe de la Sagrada Familia, considerando el edificante espectáculo que me ofrece vuestra pobre casa de Nazaret, más hermosa a mis ojos que el más bello palacio de los reyes: Quam pulchra tabernacula tua, Jacob!. . .
La oración, el silencio, el trabajo reinan allí incesantemente, y forman la demora de la santidad y de la paz.

 ¡Oh, Santa Familia, yo quiero imitaros en vuestra unión, en vuestro recogimiento y en vuestro trabajo! Quiero vivir pobre como vosotros, y por vuestro amor, olvidado de todos, a fin de llegar, como vosotros, al reposo eterno.

¡Felices las familias cristianas en las cuales todo está bien regulado; donde todo, como en Nazaret, respira la paz, la caridad, la verdadera felicidad! ¡Felices las comunidades religiosas donde se manda con respetó y humildad, como San José, y donde se obedece con alegría y con amor, como Jesús y María!

¡Felices las comunidades cuyos miembros no forman sino un solo corazón y un alma sola!. . . Esas son las que reciben las bendiciones prometidas por el Profeta a la concordia y unión entre hermanos: Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum . . Felices, particularmente, porque merecen vivir, como José, en compañía de María y bajo el mismo techo que Jesús..

¡Qué correspondencia interior y continua entre Jesús y María, entre María y José!. . . Jesús era la fuente de las gracias, que El derramaba constantemente en el corazón de su Madre con toda la profusión de que era capaz un Hijo semejante; María hacía partícipe de su abundancia a José, y Dios era perfecta-mente glorificado por la pureza y la generosidad de sus disposiciones. Los corazones de Jesús, María y José eran como tres anillos de una cadena en la que todas las cosas partían de Dios y a Dios volvían.

¡Qué unión la de José y María! ¿Y qué unión más íntima ha existido jamás que la de María y su Hijo divino? ¡Y qué inefable unión era la de Jesús con su Padre celestial!. . . Una perfecta correspondencia de sentimientos, una comunión de gracias y una santidad proporcionada al grado de la unión.

Por todo esto, puede decirse que sin pronunciar palabra se hablaban de continuo. Todo allí hablaba de Jesús; todo se dirigía a Jesús, como a centro de las afecciones de María y de José. ¡Qué progreso no hicieron uno y otra en el largo tiempo que les fue dado vivir en la compañía del Santo de los santos!. . . Nuestro divino Salvador, que no dedicó más que tres años para lograr la santificación del mundo, quiso pasar treinta en la más grande intimidad con María y con José. ¡Y cuántos favores, cuántas gracias particulares y desconocidas para el mundo no habrán recibido ellos de su Hijo divino!. . .

¿Quién podrá decir sobre qué eran sus coloquios?. . . Dios y sus beneficios, su misericordia sobre su pueblo y sobre todo el género humano, eran sin duda sus argumentos. Loquebatur illis de regno Dei. Su boca hablaba de la abundancia de sus corazones; y teniéndolo colmado de Dios, todos sus pensamientos se referían a Dios, y toda su conversación estaba en el cielo. ¡Qué dulzura en esos entretenimientos! ¡Qué dilección, qué éxtasis, oh Dios de bondad, el no hablar de otra cosa más que de Vos!. . . Su alma estaba siempre en contemplación, aun durante el trabajo y las ocupaciones domésticas; su corazón ardía continuamente en el más puro amor divino. Jesús los instruía, pero con mucha sencillez y sin que se dieran cuenta, mostrándose siempre como hijo respetuoso, no dejando entrever, sino con una maravillosa economía, algún rayo de la Sabiduría profunda de que era asiento: Sicut docuit me Pater, haec loquor, María y José escuchaban todas sus palabras y las guardaban en su corazón: Mirabantur in verbis istis, quae procedebant de ore ejus (Luc. IV, 22).

Bien podéis decir vosotros con el Apóstol: «Afortunados padres de Jesús, que habéis visto y oído cosas de las que los hombres no pueden hablar. ¡Oh, qué suerte la nuestra, si como José y María fuéramos fieles en escuchar a Jesús con recogimiento, y en conservar sus divinas palabras en nuestro corazón!. . .
Y a pesar del homenaje que María y José rendían continuamente en su alma a la divina Persona de Jesús, ejercían exteriormente toda la autoridad que sobre Él había querido darles el Padre Eterno: «Les estuvo sometido». Le mandaban, sí, ¡pero con qué respeto, con qué consideración y con qué humildad!. . .

José encontraba en la compañía de Jesús y de María el más dulce consuelo. ¡Qué satisfacción para aquel tierno padre, cuando, volviendo por la noche a su humilde habitación, veía correr hacia él a ese divino Niño! ¡Ah, entonces olvidaba todas sus fatigas, todos los dolores de la larga jornada! Ampliamente los hallaba compensados en los dulces momentos que pasaba con Jesús y con María, quienes a porfía le prodigaban los más afectuosos cuidados. ¡Felices nosotros, si como ellos, después de las tristezas y los desengaños, de las distracciones inevitables a nuestra condición, supiéramos llegarnos por la noche a desahogar nuestra alma bajo las miradas tan misericordiosas de María y el Corazón tan compasivo de Jesús!. . .

Es así como se realizaba en la humilde casa de Nazaret la profética visión de Habacuc, quien había visto a los dos principales astros del firmamento detenerse inmóviles sobre su propia casa: Sol et luna steterunt in habitáculo suo. ¡Qué gloria para José, la de haber tenido bajo su custodia y a sus órdenes el divino Sol de justicia, y esa Luna radiante que comunica a la tierra la luz que Ella recibe!. . . Sin embargo, a San José debemos juzgarlo más bienaventurado aún, por haber recibido tan de cerca y por tan largo tiempo las celestiales influencias de esos astros divinos, que llenan con su luz el cielo y la tierra.

La Sagrada Escritura, hablando de los espíritus celestiales más puros y sublimes, resume todas sus grandezas, diciendo: Asisten siempre junto al trono de Dios. Nada, en efecto, es más grande que tal honor, y las criaturas son más o menos sublimes, según estén más o menos cerca de Dios. Cualquiera que se acerque más a aquella fuente inextinguible de bien, es al mismo tiempo el más bienaventurado y el más justo. El que no pierde nunca a Dios de vista, está siempre en la luz; el que no se ocupa más que de El, ya está en el cielo.

Tal es la felicidad de José en Nazaret: es olvidado por las criaturas, pero sobre él está siempre la mirada de Dios; habla poco con los hombres, pero su conversación con el cielo no se interrumpe jamás; no posee nada, pero ha hallado la perla evangélica; viste un traje ordinario, pero está revestido de Cristo; está desasido de sus amigos y parientes, pero el Hijo de Dios lo llama padre, lo llena de su luz, lo inunda con sus gracias, e insensiblemente lo trasforma en su propia imagen y le comunica una belleza invisible a los ojos de los hombres, pero que arrebata a los ángeles de admiración y respeto.
Y por un afortunado intercambio de todos estos favores y gracias, José sólo tiene el corazón para amar a Jesús; no sabe sino hablar de Jesús; no es ya él quien vive, sino Jesús quien vive en él.

MAXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL
La gracia se complace en las cosas simples y humildes; no desdeña lo que hay de más ordinario, y no rehúsa vestir pobremente (Imitación de Cristo).

No debemos buscar nuestro descanso en el descanso, sino sólo en la voluntad de Dios
(San Vicente).

Observad el orden en cada cosa, y el orden os cuidará a vosotros
(San Bernardo).
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